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Ya disponible para leer la QUINTA ENTREGA del relato on-line, y gratuito, Capitán Eclipse y Reed en El Enigma de Antara, lee esta entrega y al terminar escoge una opción para ganar futuros premios. Dímelo por Facebook, Instagram, en cualquiera de las fotos dedicadas al este relato, o en este contacto. Si no has leído los anteriores, lo puedes hacer y unirte a la aventura en cualquier momento.
Esta historia transcurre justo después de Rescate en La Periferia, pero se puede leer independientemente, ya seas nuev@ lector o veteran@...
¡Y viene acompañado de varias fichas de contenidos al final!

Bienvenid@ a bordo y buena proa!
Iván.

Capitán Eclipse y Reed, en El enigma de Antara.

Capítulo 5
. Fuego y Hielo.

La Isla, en La Periferia. Año 1512 de la Paz de los Mensajeros.

Reed se quedó paralizado, agitando suavemente manos y pies bajo el agua, lo justo y necesario para mantenerse a flote. Dipla era la nadadora, así que, a pesar del miedo atávico que ahora le dominaba, decidió hacer de tripas corazón y hacerle caso. Los gritos cesaron a su espalda y él, por su parte, trató de no hacer ni el más mínimo sonido, pero ¿podría aquel monstruo oír los fuertes latidos de su corazón? porque él no escuchaba otra cosa otra cosa.

Durante unos minutos, que le parecieron horas, no apartó la vista de la aleta hasta que ésta finalmente se sumergió. Segundos después emergió de nuevo, para alivio suyo, a unos siete metros a su izquierda, alejándose de él. Si algo era más terrorífico que flotar así de expuesto, totalmente vulnerable y a merced de las oscuras aguas, era darle la espalda a aquella enorme aleta, y no poder ver si cambiaba de dirección.

Inesperadamente, un chapoteo justo detrás de él le dejó sin aliento y, perdiendo del todo el autocontrol, debido a la sorpresa, no pudo contener un grito de terror y se giró sobre sí mismo, agitadamente y pensando en una muerte horrible e inminente. Recortada contra la oscuridad de la noche, una sombra negra y grande, que se elevaba sobre la superficie del mar, cubrió su campo de visión. Cerró los ojos, se encogió sobre sí mismo instintivamente, y trató de protegerse levantando los brazos.

De repente, sintió como una mano grande y fuerte le aferraba firmemente el antebrazo derecho, tirando de su cuerpo hacia arriba. Druso, siendo un hombre grande y fuerte, levantó al chico sin esfuerzo y lo depositó empapado, y tiritando, sobre la cubierta.

Trató de recuperar el aire tras el susto y se mantuvo unos segundos tumbado de espaldas sobre la cubierta de madera mojada. A su lado, escondida bajo un banco de madera, pudo ver a una Dipla que, con expresión de terror, repetía la palabra "tara" una y otra vez. De pronto, la lancha zozobró bruscamente hacia babor tras recibir un fuerte y sonoro impacto desde abajo, y el caledoniano, que trataba de incorporarse aún sin aliento, perdió el equilibrio y salió rodando, estrellándose dolorosamente contra la borda. El mar estaba en calma hacía segundos; aquello no podía haber sido la marea. Mientras el bote dejaba de balancearse y volvía a nivelarse, el pelirrojo se asomó temerosamente por la borda justo a tiempo para ver aquella figura oscura y enorme, seguramente con el doble de longitud que aquel bote de doce metros, pasando por debajo de ellos a menos de una braza1 de profundidad. Aunque no pudo distinguir con claridad la forma del animal en la oscuridad, sí que pudo percibir varios puntos luminosos, de color amarillento, sobre la gruesa piel.

- ¡Pero ¿qué narices era eso?! - preguntó sin perder de vista la aleta negra mientras la aleta se sumergía de nuevo a lo lejos.
- ¡Tara!¡Tara!¡Tara!¡Tara! - le gritó Dipla muy enfada y golpeándole el pecho desnudo con la punta del dedo índice. El chico, confundido, miró a Druso encogiéndose de hombros.

- Los nadadores jamás bajan al fondo marino, les aterra - explicó el isleño sentándose en uno de los bancos y metiendo la mano en un saco de provisiones.
- Tara significa tierra - continuó- pero ellos utilizan esa palabra para todo lo malo que viene de las profundidades; creo que la usan incluso como taco, para maldecir e insultar. Los pescadores de la ciudad llaman tarns a esos monstruos, porque suena más agresivo que tara; y no es para menos, porque son unos bichos enormes y peligrosos. Por lo visto también son muy sensibles a la luz solar, por alguna razón les hiere la piel, y solo suben a alimentarse cuando se pone el sol, o cuando se nubla lo suficiente el cielo. Engullen peces de niveles marinos intermedios, pero si un central, como tú, se tira al agua al anochecer, se lo comerán, por idiota. Cuando están hambrientos pueden llegar a zarandear un bote, como acaba de hacer ese, para ver si cae algo de comida al agua. Cuando digo comida me refiero a nosotros, claro.

- Pero ¿cómo iba yo a saberlo? Dipla se ha pasado el día entero entrando y saliendo del agua.
- ¡Pues ahora ya lo sabes! Anda, sécate y come algo - dijo Druso lanzándole una tela seca. - Bebamos un poco para entrar en calor y que se nos quite el susto - añadió tomándose un largo trago de negus, como no había parado de hacer durante todo el día.
- No entiendo por qué los nadadores, siendo criaturas marinas, tienen tanto miedo de las profundidades - dijo el caledoniano más tarde, mientras trataba de terminarse la salada cena.

Druso se tomó otro trago, meditando la explicación.
- Bueno, piensa que ellos seguramente no entienden cosas que para nosotros, gentes de tierra firme, son normales - explicó.- Todo depende del lugar de la Periferia donde preguntes, claro, pero las aguas, océanos sobre todo, suelen asociarse a la Gran Madre; son el velo de Astra, que esconde la verdad por revelar. Parece que hablo por la boca de mi hermana - dijo con tono irónico- que es mucho más creyente que yo; pero si le preguntas a un espacial, como tu capitán Eclipse, te cambiará los océanos por el vacío del espacio; pero es el mismo velo y la misma Astra. Ah, y hazme caso en esto: jamás le preguntes sobre estas cosas a Goshi, si quieres llegar a caerle bien. Digamos que para los nadadores ese misterio es una realidad muy tangible y peligrosa; aunque me imagino que para los que venís de los reinos, con los Mensajeros y todo eso, estas cosas sonarán muy lejanas.
- En los Reinos se toleran algunos cultos astrales, pero son algo marginal; están sobre todo en los mundos rurales y no en las ciudades - aclaró Reed.- Son adivinos, curanderas, magos, pero no hay sacerdotes ni templos, ni nada parecido, como en el caso de los Mensajeros - concluyó Reed sin dejar de pensar en las palabras del isleño durante unos segundos de silencio.

- ¿Por qué no debo hablarle a Goshi de esto? ¿Acaso ella no es creyente?
- Ja, ja, ja. Digamos que para ella es algo más personal. En algunos de los mundos externos existe una variante del culto a Astra en la cual los devotos tienen la creencia de que, en ocasiones, la diosa se reencarna en una mortal. Cuando esto sucede, se trata de niñas nacidas en cuerpos de niños. Una vez identificadas, se las llevan a vivir a un templo y se les rinde culto de por vida. Se cree que traen buena fortuna y prosperidad; que pueden hablar con la diosa, o la diosa a través de ellas, no lo tengo muy claro, pero no hay duda de que son una bendición para la comunidad.
- Entonces ¿Goshi fue una de esas niñas?
- Eso es. La separaron de su familia muy joven y prácticamente se convirtió en una propiedad de su pueblo. Un objeto al que adorar pero sin una vida para sí misma. Su pueblo fue asaltado por unos filibusteros y sus habitantes vendidos como esclavos. Goshi siempre dice que fue cambiar una esclavitud por otra, pero al mismo tiempo una liberación. Fue entonces cuando la conocí y nos enamoramos.
- Menuda historia. - exclamó Reed, que había dejado de masticar y escuchaba atento, aunque los ojos se le cerraban por el cansancio.- A mí casi me venden como esclavo en una ocasión, unos corsarios Sherka, pero supongo que tuve más suerte.

Terminaron de cenar y, tras unas sencillas indicaciones dadas a Druso y a Dipla, para mantener el rumbo, el caledoniano pudo finalmente tumbarse, envolverse en una manta seca, y caer en un profundo sueño.


El motor de estribor de la Divine se sacudía violentamente, y el Capitán Eclipse lo sentía en las plantas de los pies mientras terminaba de sellar la fuga de combustible en el exterior. Aunque las botas magnéticas del traje espacial impedían que se desprendiese del casco metálico de la nave, la vibración del fuselaje se hacía más y más fuerte, a medida que se acercaban velozmente al campo gravitatorio del planeta. Sin perder un segundo más, devolvió el soldador a su lugar en el cinturón utilitario, se incorporó, y se dispuso a regresar a la seguridad de la esclusa de aire; pero al girar sobre si mismo, unos 90º en dirección a la proa, el panorama cambió radicalmente; sustituyendo los anaranjados gases inflamables de la nebulosa de Beltane, que cubrían todo el espacio a popa, por la superficie nublada y pardosa de un planeta desconocido que llenaba ya todo su campo de visión, a proa.

El escudo de energía de la astronave empezó a chisporrotear en la proa al hacer fricción con la atmósfera. La alarma de temperatura del traje de vacío se disparó y supo que no llegaría a tiempo a la portilla ventral, que estaba a unos veinte metros de distancia, antes de ser incinerado vivo por las altas temperaturas de la reentrada. Los trajes espaciales tenían sus límites; en pocos segundos el calor se volvió sofocante y empezó a respirar con dificultad. Empapado en sudor, entrecerró los ojos cuando una intensa luz amarillenta inundó su visor, a medida que el fuego que ardía sobre el fuselaje se acercaba inexorablemente hacia él, devorándolo todo.

- ¡Despierta! Estás ardiendo - dijo una voz femenina, sacándolo del sueño, al mismo tiempo que unas manos frías lo sujetaban de los hombros y le sacudían suavemente. Eclipse separó los párpados lentamente y, al segundo, un dolor punzante y agudo le recorrió todo el lateral derecho de la cabeza. Además se sentía débil y mareado. Notó la presión de una tela atada alrededor del cráneo, cubriéndole casi medio rostro. ¿Una venda? Palpó el tejido con las yemas de los dedos, tratando de no hacerse daño en una bastante inflamada cuenca del ojo.

- ¿Dónde estoy?- Preguntó con voz ronca y abriendo el ojo izquierdo lentamente. La herida del labio se abrió de nuevo al hablar, pero volvería a cerrarse. Tenía la boca muy seca y le costaba vocalizar. Sobre él, pudo distinguir un rostro femenino enmarcado por una melena de color castaño y algo despeinada. Le costó unos segundos enfocar la visión, y se sentía como si se hubiese bebido varias botellas de grog2 él solito.

- Estamos en el calabozo, en la Isla, y han debido de darte una buena paliza, porque los milicianos te arrojaron aquí totalmente noqueado. Me imagino que antes hicieron una paradita corta por la enfermería; y digo corta por la chapuza que te han hecho en el ojo. No parece que se hayan molestado en quemar la herida, o limpiarla al menos. Sinceramente: tienes un aspecto terrible.

- La idea era ahorcarme cuanto antes, por eso no han malgastado medicinas - explicó el pirata tratando de sentarse pero frenando en seco para evitar un inminente desmayo. Al dolor de cabeza, y al mareo, se sumaron las molestias por los puñetazos, en abdomen y rostro, recibidos unas horas antes. Poco a poco recordó el callejón, a Yano y a sus secuaces...el cuchillo. La chica le acercó un cuenco de madera que contenía agua fresca y él lo sujetó entre sus manos tratando de distinguir su rostro en el reflejo de la superficie. La suave luz del atardecer, que entraba por un vano enrejado en la pared, le dejo entrever lo realmente demacrado que estaba. Una venda sucia, y manchada de sangre reseca, ocultaba su ojo derecho. Al ver semejante panorama no pudo evitar una expresión de disgusto.

- Te lo advertí - dijo ella.
- Gracias, encanto.
- Sophie.
- Eclipse. Mucho Gusto. ¿Sabes limpiar una herida? - interrogó él mientras bebía unos sorbos. A pesar de la sed, y de la agradable sensación del líquido bajando garganta abajo, se contuvo para no beberse toda el agua, pues iba necesitarla.
- Lo puedo intentar. Pero te va a doler, claro - advirtió ella retirándole la escudilla de las manos.

Eclipse procedió a quitarse los restos de la camisa que, tras el tirón en la manga, durante la reunión con el Consejo, y el posterior forcejeo en el callejón, estaba prácticamente hecha trizas. Una verdadera lástima porque era buena. Arrancó una de las mangas y, sujetando un extremo con los dientes y tirando del otro con la mano, la desgarró por la mitad para así doblar su longitud. La tela estaba empapada de sudor y algo de sangre, debido a la pelea y a la fiebre, pero sin duda estaba más limpia que el trapo mohoso, y lleno de lamparones, que le habían puesto en la cabeza. Respiró profundamente y miró a la chica. Ella fijó en él unos despiertos ojos de color miel, se sopló el flequillo con resignación y asintió decidida.

Entre los dos, empezaron a desenrollar la tela ensangrentada lentamente, pero cuando llegaron a la zona del ojo, Eclipse no pudo evitar soltar un gemido de dolor. La tela estaba pegada a la herida y retirarla fue tal como si, directamente, le arrancasen piel. Sophie se detuvo, paralizada por la evidente agonía de su compañero de celda, pero el pirata, decidido a terminar cuanto antes, la animó a continuar a pesar del dolor, mientras se sujetaba con fuerza a la madera del catre. Una vez liberado del trapo, la chica lo arrojó a un lado y procedió a limpiar la herida como pudo, con otra porción de la camisa empapada en agua. Aunque Sophie disimulaba bajo una fachada de concentración, Eclipse pudo intuir en los pocos gestos que ella reveló, que la herida estaba en muy mal estado. Tenía claro que había perdido el ojo: aquella era la intención de Yano en primer lugar; pero el mercader parecía haber querido asegurarse del resultado y el profundo corte iba más allá de la cuenca ocular, partiendo la ceja y llegando hasta la mejilla. Era un pirata; le habían herido con anterioridad, lo cierto era que tenía cicatrices por todo el cuerpo, y sabía por experiencia que aquel tipo de herida o se trataba con medicinas y se cosía, o se cauterizaba con un hierro al rojo. Lo cierto era que, de no tratarse adecuadamente, la fiebre por infección era más que probable; y una fiebre así, con toda probabilidad, acabaría con su vida.

Sophie terminó la limpieza con la mayor delicadeza posible y procedió a vendar de nuevo el ojo con la tela limpia.
- Y ¿cómo has terminado así?- preguntó mientras le ayudaba a tumbarse de nuevo.
- Piratería. ¿Y tú?.
- Bueno, es complicado. Digamos que soy buena buscando y encontrado objetos valiosos, reliquias; pero mi último cliente y yo no llegamos a un acuerdo y puso precio a mi cabeza.
- En otras palabras: te llevaste algo que era suyo.
- Una chica tiene que comer.
- ¿Eres una buscadora de tesoros o una ladrona?
- ¿Ladrona? Eso sería exagerar bastante. El caso es que este cliente es un noble central; los centrales son los mejores a la hora de pagar, pero también los que más problemas dan cuando hay algún... malentendido.
- Qué me vas a contar3.
- La cuestión es que envió a unos cazadores tras mi pista, los cuales finalmente dieron conmigo y me persiguieron a lo largo de varios sistemas estelares, hasta llegar hasta aquí.
- O sea, que si no te ha mandado liquidar es, o bien porque tienes algo que él quiere, o porque prefiere ajusticiarte en persona - dedujo él.- Pero bien pensado, nada de eso explica por qué has terminado en esta celda y no rumbo hacia los Reinos.
- ¡Aún no he terminado! Nada más aterrizar en La Isla, y antes de que los cazadores me alcanzasen, golpeé al primer miliciano que me encontré y después me dejé detener y encerrar. Los cazadores no se atreverían con la milicia local de una ciudad fronteriza como esta, así que técnicamente esta celda es el sitio más seguro para mí, por el momento - concluyó ella sentándose en otro catre enfrente del pirata.

- Diría que ha sido inteligente, pero de lugares como este no se sale tan fácilmente como se entra.
- El problema real es que, con los cazadores al acecho, mi nave estará vigilada; así que necesito otra para salir del planeta, y me imagino que tú habrás llegado hasta aquí a bordo de una.
- Así es, pero te repito que estamos en una celda.
- Salir de aquí es lo de menos, solo me faltaban dos cosas para poder hacerlo, con tu nave ya tengo la mitad.
- ¿Y la otra?
- La otra eres tú, bucanero - dijo ella guiñándole un ojo.

En ese momento un zumbido, apenas imperceptible al principio, pero de intensidad gradualmente cada vez más fuerte, inundó la estancia; tanto que Eclipse notó como algunas hebras de paja empezaban a saltar sobre el sucio suelo ¿o era todo una ilusión febril?

Sophie se acercó con premura hacia la ventana y miró hacia el cielo ahogando una exclamación. Él se incorporó rápidamente al ver aquella reacción, pero un repentino mareo le hizo perder el equilibrio. La mujer reaccionó a tiempo, sosteniéndolo antes de que se desplomase y, dándole unos segundos para acostumbrarse a su nueva posición. Después se pasó uno de los brazos del capitán sobre los hombros y, rodeándole la cintura con uno de los suyos, lo condujo hasta el vano en la pared, no sin esfuerzo, ya que el pirata era bastante más corpulento y pesado que ella.

Eclipse sabía que solo unos motores de gran tamaño producirían aquel tipo de vibración en un edificio tan robusto y, al mirar hacia el exterior, un enorme crucero de guerra de Ibria4 en las alturas se lo confirmó. La magnífica e imponente embarcación, de forma alargada y líneas elegantes, cubría el cielo sobre los ahora ya no tan enormes rascacielos. El sol del atardecer proyectaba reflejos anaranjados sobre la superficie encarnada y cromada de aspecto inmaculado. La chica miraba en la misma dirección que él sin parpadear.

- Dime que tu cliente insatisfecho no es un noble ibriano - dijo Eclipse. Ella solo acertó a mirarle con cara de circunstancias.

De repente, otra astronave enorme y de forma poligonal, como hecha con enormes bloques de piedra, y hasta entonces oculta de su campo de visión por el crucero, apareció en las alturas eclipsando la luz solar. Entonces, una voz masculina y profunda, ni grave ni aguda, pero agradable y perfectamente modulada, les llegó de las alturas, siendo audible en cada rincón de la ciudad y por todos y cada uno de los isleños.

- Habitantes de La Isla. Hemos cruzando el hiperespacio, el corredor sagrado, dejando atrás nuestros prósperos mundos y cálidas estrellas, para ofreceros nuestra amistad, la luz de la razón y nuestros saberes.

Ambos se miraron y exclamaron a la vez.
- ¿Mensajeros5 ? ¿Aquí?

Sin apartar la vista de la flota de naves que ahora cubrían el cielo rojizo sobre los rascacielos, Goshi se abrazó instintivamente a sí misma, a falta de mejor consuelo. Se sujetó los codos con fuerza, casi clavándose las uñas en la piel, al borde de la terraza del taller.
- No puede ser – susurró.

Detrás de sí pudo escuchar un grito, y no tuvo que darse la vuelta para saber que este provenía de Tarina. Se giró y pudo ver el bello rostro de la chica, que también miraba al cielo sin parpadear, desfigurado por el terror. Se cubría el vientre con las manos, con gesto protector.

- Han venido a por mi bebé - afirmó en voz baja mirando ahora a Goshi.
- No nos precipitemos, Tarina. Hay millones de razones por las que los Mensajeros pueden haber llegado hasta aquí; ya ha pasado en otros mundos de la frontera - dijo la mecánica con tono tranquilizador acercándose a ella. Tarina volvió a mirar al cielo, para volver a mirarla a los ojos después, pero sin escuchar lo que decía; parecía totalmente ida.

- No voy a dejar que se lleven a mi bebé - y mudando el terror por la determinación sujetó a Ghosi de la muñeca y tirando de ella con fuerza dijo:
- El polvo azul nos dirá como actuar. Tienes que ayudarme. La diosa nos escuchará si tú estás a mi lado.
- Déjate de magia y supersticiones - protestó Goshi frenando en seco y tratando de soltarse de Tarina.- Ya sabes que yo no creo en esas cosas. Y basta ya de tratarme como si fuese...- pero no quiso pronunciar las palabras.

- Tienes un don, Goshi; estás bendecida por Astra pero reniegas de ella y prefieres vivir aquí, entre tuercas y grasa de motor. Renuncio a tratar de entenderte, pero mi bebé...- Tarina la soltó, resignada, y bajó la cabeza dejando que las trenzas cubriesen su rostro. Rendida y desesperada, rompió a llorar sacudiendo los hombros. Goshi, puso los ojos en blanco y soltó un bufido sin tratar de consolarla.

- Está bien, estaré contigo mientras haces lo que sea que tengas que hacer para tranquilizarte, pero no me pidas que participe de ningún otro modo en tus locuras.
- ¡Gracias a la diosa! No hay tiempo que perder.

Ambas se dirigieron al dormitorio de Tarina, pero antes de descender por la escalera que conducía a las habitaciones debajo del taller, Goshi oteó el océano justo cuando el sol desaparecía por el horizonte.
- Maldito Druso ¿Dónde te has metido?

El sonido de un trueno lejano sacó a Reed de su sueño y, antes de que abriese los ojos, escuchó como una débil llovizna comenzaba a caer sobre la cubierta. Se incorporó bostezando, y vio que navegaban velozmente surcando un mar algo picado, y bajo un cielo gris y encapotado. Tratando de aprovechar el repentino viento, y con ayuda de Dipla, desplegó la vela y ganaron aún más velocidad. Miró a su alrededor tratando de buscar el mapa para orientarse, pero Druso le explicó que no hacía falta ya que el bloque de hielo dejaba un rastro frío en la corriente templada y Dipla era capaz de olerlo en el agua desde la propia chalupa. Las olas eran cada vez más altas y Reed trataba de dirigir la proa hacia ellas para cortarlas de frente y no zozobrar demasiado. La espesa niebla no les dejaba ver nada más allá de unas decenas de metros pero, al ascender por la cresta de una ola, los tres pudieron ver la enorme estructura de hielo sobre las aguas y lanzaron exclamaciones de alegría. El premio estaba ya casi al alcance de sus manos.

A pesar el oleaje, no se trataba de una tempestad intensa, así que consiguieron acercarse a la montaña flotante desde babor, sorteando algunos pedazos de hielo desprendidos. La imagen de aquel enorme témpano flotante, con el mar agitado y la niebla omnipresente, era de lo más tétrica. El bloque de hielo, tras días adentrándose en aguas cálidas, se había ido descomponiendo lentamente, y aunque aún conservaba una altura de unos quince metros sobre el nivel del mar, toda la zona central se había desprendido, dejando solo un puente entre dos secciones con una laguna natural, de un azul muy luminoso, justo debajo.

De repente un crujido sobrecogedor les llegó desde las alturas. Al principio Reed pensó que se trataba de otro trueno, pero se quedó boquiabierto al ver como una enorme sección de hielo se desprendió de uno de los laterales y se estrelló contra las aguas a pocos metros de su posición. Los tres se aferraron al palo como mejor pudieron, cuando la enorme ola generada por el impacto pasó sobre la cubierta inundando todo y casi volcando la chalupa. Al estabilizarse la lancha, vieron que el agua les cubría hasta los tobillos, así que empezaron a achicarla con unos cubos.

- Mirad - Gritó Druso entonces señalando con el dedo hacia el bloque de hielo.

Reed, sin dejar de utilizar el cubo, miró en aquella dirección tratando de distinguir algo entre la lluvia y la niebla. Fue entonces cuando lo vio. Parcialmente incrustado en una zona alta del hielo, había un objeto de metal, de forma ovalada y alargada; una especie de proyectil de unos cinco metros de longitud. El desprendimiento lo había liberado aún más y casi la mitad estaba ahora expuesta, bastante cerca del ahora endeble puente natural formado en la cavidad del centro del témpano. Druso aseguró que se trataba de tecnología antigua, y lo más importante: intacta; y a Reed no se le asemejaba a nada que hubiese visto antes. El isleño afirmó que una pieza así les podría hacer ganar una buena fortuna.

Entonces, otro crujido ensordecedor, seguido de un nuevo desprendimiento, interrumpió sus elucubraciones. Dipla empezó a hablar con rapidez, preocupada; Druso tradujo.

- Dice que esta roca de hielo se ha descompuesto ya demasiado, y que cuando están así, o bien se rompen en más pedazos o bien se giran sobre sí mismas emergiendo entonces la parte inferior...
- ...y sumergiéndose la parte expuesta - concluyó Reed por él. Los tres se miraron preocupados y empezaron a maniobrar la lancha en medio del cada vez más fuerte oleaje.

Se acercaron todo lo cerca que pudieron arriesgándose a ser aplastados. El pelirrojo comprobó cómo nuevas grietas se habían formado alrededor del artefacto de metal y en otras zonas cercanas. El bloque de hielo, ya de por sí peligroso, era ahora una trampa mortal.

- ¡Tara!- gritó Dipla a su lado. Reed vio que la chica no miraba al hielo, sino a sus espaldas. Se giró y comprobó, con terror, como cuatro enormes aletas oscuras surcaban las olas a unas decenas de metros de ellos. Los tarns, con el cielo nublado, se habían animado a subir a la superficie a alimentarse.

Era el momento de tomar una decisión.

1 Braza: Unidad de longitud náutica. Equivale a la longitud de un par de brazos extendidos, aproximadamente dos metros.
2 Grog: bebida barata confeccionada con agua y ron. Muy popular entre los piratas.
3 Leer Rescate en la Periferia.
4 Ibria es uno de los principales Reinos Centrales. Leer más AQUÍ.
5 Leer sobre los Mensajeros AQUÍ.

¿Qué decidirá Reed? elige una opción! _________________________________________________________________
Opción A:

No merece la pena morir por un tesoro, o volcados y devorados por unas bestias marinas, o aplastados por un enorme trozo de hielo. Además una lancha no es embarcación para navegar en una tormenta. Mejor desplegar las velas y regresar a la Isla cuanto antes, o a lo sumo esperar un poco a que se calme la tormenta antes de actuar.

Opción B:

Con esos depredadores rondando y el oleaje no es seguro abandonar el bote, y caerse de ese hielo inestable no sería nada difícil. Mejor esperar a que el hielo se rompa y tratar de hacerse con el artefacto entonces. Aunque exista la posibilidad de que se sumerja si el témpano gira sobre sí mismo.

Opción C:

El artefacto puede sumergirse en cualquier momento, o desprenderse del hielo y caer al mar, con esos monstruos rondando. Aunque las condiciones no sean las más seguras, merece la pena arriesgarse a subirse al hielo con un cabo y ver si puede sujetarse de algún modo al aparato. Si el hielo gira sobre sí mismo solo habría que cortar la cuerda para no irse a pique.


¿Quieres saber más sobre este universo? Te puede ayudar a acertar_________________________________________

Capitán
Eclipse

Reed

Los
Mensajeros
(NUEVO)

El Culto a
Astra
(NUEVO)

Mapa
estelar

La
Periferia
(NUEVO)

Los
Reinos
Centrales
(NUEVO)

Reino de
Ibria
(NUEVO)

Reino de
Caledonia

YA A LA VENTA! Los Anillos de Beta Hidry ________________________

"Año 1492 de la Paz de los Mensajeros. Un adolescente de un mundo remoto de La Periferia, se enrola en la nave pirata Karina y vive emocionantes aventuras. Una historia con nuevos personajes, que no salen en los cómics, situada varios años antes en el tiempo. Ideal para iniciarse en este universo...."

Primer relato ambientado en el universo de Las aventuras del Capitán Eclipse.

5 € (envío ordinario a España está incluido, envío internacional)
El libreto en tamaño A5, 40 páginas 80 gr. Portada doble a todo color + 5 ilustraciones interiores en grises.




YA A LA VENTA! Capitán Eclipse - Rescate en la Periferia
__________________________________

" Año 1512 de la Paz de los Mensajeros. El Capitán Eclipse y su tripulación, a bordo de la nave pirata Divine, asaltan un carguero en el reino de Caledonia. Mientras tanto, en el mismo sistema estelar, la Reina Idonia trata de evitar, en secreto, una desastrosa crisis política..."

68 páginas a todo color 15 € (envío ordinario a España está incluido, envío internacional)

Capitán Eclipse -Las Hijas del Cometa ________________________

" Año 1508 de la Paz de los Mensajeros. En el alejado sistema estelar de Chakkara, las Hijas del Cometa se preparan para realizar sus ofrendas en un ritual centenario, pero unos invitados no deseados entran en escena..."

Historia corta de 6 páginas para la revista de cómic, Ensueños.

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